jueves, 24 de mayo de 2018

Cuentos de viejos


El sudor empapaba mi rostro como si recién lo hubiera sacado de un balde de sucia y fría agua; la mandíbula me dolía terriblemente a causa de la presión que casi reventaba mis muelas y mi mano izquierda se aferraba al edredón, mientras la derecha trataba en vano de contener la ira dentro de mi pecho.
Por supuesto que ahora, vista en retrospectiva esa extraña aventura, muchas veces una sonrisa tránsfuga se refugia en mis labios y me es grato contar la historia a mis amigos cuando nos reunimos a beber. Pero también he de confesar que el recuerdo de esa cara sobrecargada de vejez y malignidad me sigue acosando durante algunas madrugadas.
Contaba yo no más de doce años en esa noche de octubre. La lluvia espesó tanto que no permitía dar dos pasos sin bañar por completo a quien se atreviera a salir, obligándonos a mi madre, hermanos y a mí a enclaustrarnos por unas horas en casa de la abuela, y supe entonces que aquella velada sería cualquier cosa excepto ordinaria.

Los truenos cimbraban cada uno de los vidrios de la casa y el sonido de la lluvia parecía disimular el lamento de un ente primigenio mancillado por el olvido. La luz había escapado de la tormenta, por lo que media docena de velas acentuaban la pesada atmósfera en la sala de esa casona que siempre me había parecido tétrica. Mis dos hermanos y yo permanecíamos sentados en el piso, al pie de la antigua mecedora de mi abuela materna, igual que en los tiempos de antaño cuando toda la familia se reunía a escuchar con interés los relatos que rodeaban la construcción, edificada por el abuelo Francisco. Mi madre escuchaba desde una silla del comedor, un poco más atrás de nosotros.
De espaldas al gran ventanal que conecta con el jardín, la matriarca se mecía plácidamente al relatar por enésima vez la anécdota del pequeño gallinero que mantenían ella y su esposo en los primero años de habitar ese hogar; unas cuatro gallinas y sus muchos pollos saturaban el ambiente con el inagotable piar en la parte que ahora se ocupan el limonero y los nopales. Pero un buen día, el gallinero fue desinstalado. Lo interesante de esa narración es lo que ocurrió después: mi abuela y mi madre —que por esa época debía tener nueve o diez años— aseguraban que seguían escuchando el cantar de los pollos y, en la noche, mi madre entraba llorando a la casa diciendo que las gallinas le habían picoteado los pies.
Otra de nuestras historias favoritas era la de cuando el abuelo se le apareció a su viuda, aunque siempre dudamos de la veracidad de esta anécdota. La abuela se encontraba recostada, preparándose para dormir, cuando unos pasos en el pasillo llamaron su atención. Llamó a su otro hijo en voz alta: “¿Carlos? ¿Eres tú?”. Mas no obtuvo respuesta. Se quedó con la mirada fija en el marco de su recámara que permanecía con la puerta abierta, y alcanzó a ver una sombra proyectada contra la pared que, como si se percatara de que había sido descubierta, se dirigía lentamente hacia las escaleras. La anciana, intrigada y algo asustada, se levantó de la cama y salió al pasillo para encontrarse con su difunto marido en el primer escalón; con una mano sobre el barandal, daba medio perfil y veía directamente a quien fuera su esposa. Su rostro reflejaba el atractivo de sus mejores años, acentuado por la dureza de su mirada; vestía un traje café, camisa blanca y corbata negra. Parecía de carne y hueso, hasta que su imagen comenzó a disiparse como una fragante neblina.
Sin embargo, no todas las historias eran tan emotivas como la última o tan difusas como la primera. De hecho, algunas resultaban verdaderamente sobrecogedoras.
La abuela, consciente del papel que desempeñaba en aquellos momentos, dejó de mecerse, se inclinó hacia sus escuchas y narró con su aguda voz acerca de las extrañas apariciones de una vieja que recorría  el jardín. Ni ella ni mi madre podían dar cuenta de la identidad de aquella mujer, ni de las razones por las que vagaba con lentitud entre las macetas y los árboles de chile. A veces parecía detenerse a oler las flores y acariciar las hojas, para que a la mañana siguiente éstas recibieran marchitas la luz del sol.
Entonces un aterrador recuerdo me nubló la vista, sentí la sangre agolparse en las venas de mis sienes y las orejas se me calentaron. Ya había visto a la vieja, meses antes de tener idea sobre el relato que acababa de escuchar. Fue una madrugada, uno de los primeros desvelos verdaderos de mi vida, cuando iniciaba a interesarme en las cuestiones espirituales, refinadas durante siglos. En esos días era inmaduro e imprudente, y no sabía lo que estaba haciendo.
Había jugado con la tabla desde las diez de la noche, maravillándome inocentemente con la increíble coherencia de las frases formadas, ya fuesen trucos del cerebro o auténtica intervención extraterrena; y, más o menos a las dos de la madrugada, escuché un extraño sonido proveniente del patio de atrás, que conecta con la casa de la abuela por medio de una puerta en el extremo del muro posterior. Admito que mis nervios estaban algo alterados por la naturaleza de la actividad que desempeñaba en ese instante. También sé del gran poder de la mente. Sin embargo, algo en mi interior y la nitidez misma de la escena me dicen que lo que vi era real.
Por una fuerza imposible de explicar, que ha de ser la misma que lleva a los protagonistas de las películas de horror a precipitarse a un destino fatídico —eso o mera estupidez—, me levanté de mi banco y caminé sin prisa hasta la ventana. Mi alma ya preveía lo siguiente y tal vez por eso pude soportarlo con entereza, si bien el episodio dejó su huella en mí. Jalé la cortina apenas lo suficiente para poder ver hacia el exterior, y fue ahí que la pude ver con la misma claridad con que estoy viendo la pantalla de la computadora. Una anciana encorvada en medio del jardín de la abuela; llevaba un vestido blanco con bordes que se arrastraban por el suelo y un chal negro le cubría la cabeza. Se detuvo frente a los rosales y se agachó para tomar una flor. Y así, desde esa posición, giró y levantó la cabeza hacia mí. Nunca he experimentado una sentimiento de vacío tan profundo como el de aquel día, y a la fecha me pregunto qué mano me sostuvo para que no cayera inconsciente en medio de mi alcoba. Daba la impresión de que la señora —si es lícito llamarle así— era completamente calva, con la frente surcada por largas y ondulantes arrugas; los ojos y la nariz eran sólo orificios, y en los labios se le dibujaba la sonrisa más perversa e inhumana que sea posible imaginar.
Presa del pánico, solté la cortina y di unos pasos hacia atrás. Sentía un nudo en la garganta que pensé me ahogaría de tan apretado; las lágrimas, que tan desesperadamente querían salir de mis ojos, eran reprimidas por mi agitada respiración. Con la cabeza dándome vueltas y sintiendo que en cualquier momento el espantoso espectro vendría por mí, aventé la tabla debajo de la cama y salí del cuarto para correr lo más callado que pude hasta el de mis padres. Ahí me senté en el suelo a la espera del amanecer.
Ahora, el cuento venía a destrozar mis pocas esperanzas de que aquella visión fuera sólo un producto de mi mente maleable. Mi abuela se enderezó en su asiento, satisfecha del efecto que había tenido sobre su pequeño auditorio. Mi hermano sonreía, encantado por la siniestra historia que acababa de escuchar, mientras mi hermana, perpleja, mantenía la boca abierta. La tenue luz de las velas había disminuido su intensidad hasta dejarnos casi a oscuras. La furia de la tormenta había amainado, convirtiéndose en una susurrante llovizna.
Pude escuchar a mi madre que se levantaba de la silla, y volteé a tiempo para verla retroceder con un gesto de miedo que deformaba su semblante. Volví la mirada al frente, con la odiosa certidumbre de que algo espantoso tendría lugar a continuación. Un rayo iluminó el cielo nocturno al otro lado del enorme ventanal, y el blanco fulgor plasmó en el empañado vidrio una cara… la misma cara de esa anciana, con cada rasgo, cada arruga dibujados por un dedo fantasmal. Un grito expulsado de mi garganta opacó el estallido del trueno; era un alarido que trataba de negar con su propia irracionalidad lo absurdo de aquella situación. La tenue luz de las candelas se desprendió de los pabilos para concentrarse como un aura espeluznante alrededor de la abuela. Levantó la barbilla y mostró una faz cargada de perversidad ajena, con toda su bondad y ternura arrebatadas. Mis hermanos y mi madre habían desaparecido en la oscuridad; estaba solo… solo con aquella maldita vieja.
Retrocedí arrastrándome con las manos, en medio de alaridos ahogados y sin poder apartar la vista de la aparición que se levantaba del asiento, sin hacer ningún ruido o siquiera mover la mecedora, que se quedó echada para atrás como si siguiera soportando el peso de la abuela. Quedé paralizado por el horror a ver la inconcebible altura de ese ente escupido por el averno; su cabeza cubierta por un arrugado velo negro rozaba el techo, sus manos marchitas con dedos chuecos igual a ramas partidas trataban de alcanzarme, pero los codos se negaban a estirarse, como si la artritis hubiera terminado por devorarle cada una de sus articulaciones. Sus cuencas vacías me miraban fijamente, y al fondo de esa negrura infinita percibí la verdadera tristeza y el auténtico pánico. Por primera vez en mi vida sentí que moría.
El espectro se llevó los dedos de gancho a su asquerosa boca deformada en esa sonrisa burlona y los empezó a chupar, a la vez que reprimía una carcajada que inflaba su pecho en espasmos violentos. Dio un paso hacia mí, estirando el brazo izquierdo el cual tronó como si sus huesos hubieran estallado. Un providencial hueco en el estómago rompió mi estado hipnótico al tiempo que hacía casi palpable el pavor que sentía. Me puse de pie a trompicones y comencé a correr, sin hacer caso de los golpes contra los muebles, con la risa ronca y grave que me despedía susurrándome al oído. Luego de algunos agonizantes segundos que parecieron extenderse hasta convertirse en horas, alcancé la puerta y me lancé al jardín.
No me importó que precisamente de ese lugar había surgido el infernal ente, y aun así a cada segundo esperaba verlo acuclillado entre las plantas, marchitando los flores con su degradante aliento, o que de un momento a otro sintiera su mano reumática desgarrándome el hombro. Percibía claramente una presencia que me seguía cada vez más cerca; la espina me hormigueaba hasta la pelvis y los escalofríos que la asolaban me hacían tener el ominoso pensamiento de que se trataban de los dedos helados de la decrépita mujer. Casi podía escuchar sus pasos tras de mí, avanzando a una velocidad inverosímil; me parecía oler su fétida respiración humedeciendo mi nuca. Alcancé la puerta de aluminio que comunicaba mi casa con la de la abuela y la azoté con tremenda fuerza. Por un instante sentí el alivio que da el hogar, pero esa calma era sólo el preámbulo de tormentos aún peores.
La evocadora penumbra y el silencio sepulcral, tan sólo roto por un lejano maullido que se asemejaba al llanto de un bebé, fueron los primeros indicadores de que la pesadilla estaba lejos de terminar. Temeroso por ese invisible presagio, avancé lentamente por el estrecho patio, extrañándome por que los perros no habían salido presurosos por la puerta para disipar mi miedo infantil. En cambio, sólo veía el inquieto resplandor anaranjado que iluminaba el umbral.
Me deslicé en la cocina iluminada por un par de velas sobre el desayunador, mismas que proyectaban siniestras sombras contra la estufa. Un lastimoso gemido me sobresaltó y me hizo voltear a la izquierda. Encontré a mi padre sentado en el mosaico y recargado contra el mueble del fregadero; abrazaba al pequeño perro mestizo que temblaba y chillaba sobre su regazo. No hubo necesidad de usar palabras para adivinar la causa de su lamentable estado, que había reducido su figura, entonces imponente, a la de un pobre niño como yo. Cuando levantó una de sus temblorosas manos, un dedo, tan chueco como el de la misma Muerte, apuntó hacia las escaleras.
De esa manera, y contra todo sentido de conservación, me vi obligado a asumir el rol que le tocaba a ese señor encogido en el piso. El miedo alojado en mis entrañas comenzaba a dejar la marca que hasta hoy me causa tantos dolores; el sudor y el frío luchaban por el derecho de poseer mi cuerpo, la presión en las sienes se volvió insoportable. La poca luz que iluminaba la cocina se perdía definitivamente justo al llegar al umbral que daba al pasillo a donde debía dirigirme ahora. No tenía caso retrasar por más tiempo un destino que parecía inevitable.
Avancé y me perdí en la oscuridad, como si las sombras me hubieran abrazado hasta convertirme en parte de ellas. Al girar medio cuerpo comprobé que había cruzado la entrada a otro mundo que, sin embargo, ocupa el mismo espacio que el nuestro; la cocina despareció dentro de las fauces de ese maldito plano astral, tragándose de igual manera a mi padre y a mi perro. El silencio era tan profundo que pude escuchar el eco del universo, el canto profundo y gutural de una gigantesca bestia que acecha en la infinidad y el angustiante chillido de sus celestiales emisarios. Según yo, no me había movido un centímetro desde traspasado el portal, mas al intentar proteger mis oídos de la espeluznante música cósmica, mi mano izquierda chocó contra el pasamanos de las escaleras. La penumbra cedió un poco al percibir mi mirada que intentaba llegar a la cima. La luz de la lámpara de mi cuarto estaba encendida.
Sí, el pequeño foco de cuarenta watts brillaba, indicándome el camino igual a una estrella distante ya extinta hace eones; alumbraba el pequeño buró, el piso de madera ya muy desgastado y un flanco de la cama. No alcanzaba a ver si esa funesta sombra me esperaba tras la puerta o cómodamente recostada sobre mis almohadas, pero —me estremezco al recordar— la certidumbre de que ahí estaba era la más insoportable tortura. Una respiración entrecortada, silbante, fue desplazando a la polifonía galáctica nacida del vacío conforme subía cada escalón hasta que sólo quedaron esas exhalaciones cancerígenas, y la luz disminuyó un poco su intensidad y se hizo más naranja.
Llegué al giro de la escalera, con lo que pude obtener una mejor vista de la recámara, con cada sombra simulando la figura altísima del espectro. Aún permanecía oculta la mitad, pero no fue necesario llegar al último peldaño. Mis sentidos se habían agudizado en ese breve lapso, y pude darme cuenta de que la respiración procedía de debajo de la cama. Por aquel resquicio, un par de ojos verdes de agua putrefacta de una laguna contaminada observaban mi avance. Una vez más me congelé, presa del pánico y con un golpe de mareo que me obligó a rasguñar la pared para no caerme. La cara de la anciana se dejó iluminar por el débil brillo de la lámpara, al mismo tiempo sus ojos se apagaron para volver a ser dos abismos insondables, mientras la cabeza se deformaba como el cuerpo de una rata al abrirse paso afuera de la cama. Sonreía triunfante, pues se dio cuenta de que al fin podría absorberme con su aliento a condenación. Mas su risa era sorda o, mejor dicho, en forma de silbido. Se arrastró hacia mí, con sus extremidades tronando y torciéndose de maneras espantosas. Cuando por fin estiró su mano para alcanzarme con su dedo en forma de guadaña, sólo pude apretar los párpados con todas mis fuerzas.
Me desperté con el sudor empapando mi rostro como si recién lo hubiera sacado de un balde de sucia y fría agua, la mandíbula me reclamaba la terrible presión que amenazaba con reventar las muelas y mi mano izquierda se aferraba al edredón con dedos que parecían garras, mientras la derecha trataba en vano de contener la ira dentro de mi pecho. Respiraba agitadamente, con un feo silbido saliendo de las fosas con cada exhalación. Y recordé con cierta nostalgia las noches en que la familia se reunía para contar historias sobre apariciones y fantasmas.
Bafumet Acene (México, abril del 2015)

martes, 12 de diciembre de 2017

Soñé contigo

Fue una noche extraña, no hay duda de eso. ¿Sabe? Absolutamente todo lo recuerdo como si se hubiese tratado de un sueño. Porque así empezó todo, como un sueño. Todavía aquí, con la certeza de estar despierto hablando con usted y luego de pellizcarme varias veces para convencerme de mi estado de vigilia, no puedo evitar preguntarme si sigo en un sueño; de esos en los que piensas haber despertado, pero no ha sido así en realidad. ¿Sabía que los hinduistas creen que existimos en la mente dormida de Maha Visnú? Sí, somos sólo un sueño de aquella advocación de la Divinidad. ¿Qué pasará cuando despierte? En fin, únicamente son ideas, dudas existenciales como cualquiera las ha tenido. Sé que lo ocurrido esta madrugada pasó en verdad y ahora debo afrontar las consecuencias. Sí, he rechazado tener un abogado presente porque no le veo el caso y no tengo ganas de negar nada. Muy por el contrario, señor, deseo contarlo todo con absoluta libertad; de esa forma usted podrá ocuparse de cosas más importantes y yo podré regresar a dormir.
Disculpe si me extiendo más de lo que usted quisiera, mas es necesario. Todo empezó, como ya dije, con un sueño particularmente coherente y lógico, por cierto, como casi ningún sueño lo es. Caminaba con unos amigos por una calle desierta y una suave lluvia nos caía encima. Tenía la idea de que regresábamos a casa después de una fiesta. Pese a que las gotas, al caer sobre la cabeza y escurrir por la cara, se sentían como frescos besos unidos al viento para diluir el alcohol en la sangre, yo sentía una rara aprensión  en el pecho, como si se tratara de un fatídico presentimiento. Al poco tiempo escuchaba ya únicamente mis propias pisadas reventar los charcos del pavimento y, al girar sobre mis talones, me encontré solo. El indefinible miedo se acrecentó en mis víceras. Ahora que lo pienso, y esto se lo comento a modo de confesión, es ese vago temor que siento cuando entra la noche y yo me encuentro fuera de casa, esperando el metro o el camión, desconfiando de cada individuo que pasa a mi lado o me lanza una mirada casual; una especie de paranoia de que en cualquier momento llegará algún imbécil a asaltarme y, al ver lo poco que puedo ofrecerle, me meterá una navaja en el vientre o me dará un tiro en el cuello. Qué muerta tan deshonrosa, tan sin sentido.
Como sea, ahí estaba yo, solo y con tan horrendo sentimiento. Decidí correr hasta encontrar un taxi, si no llegaría a pie a mi casa, pero lo importante era ir tan rápido como me fuera posible. Sin embargo, al levantar la cabeza para acelerar una visión funesta me dejo petrificado. Justo frente a mí, recargados contra un muro de ladrillos desnudos, estaban ellos dos. Ella, el amor de mi vida. Yo había sido también el suyo, según me había dicho en repetidas ocasiones con esa mirada tan tierna y profunda, con esa sonrisa de labios carnosos que parecían dispuestos en todo momento para un largo beso y de los cuales me era imposible apartar los ojos debido al impulso tan fuerte de devorarlos; con esa máscara de falsedad tan bien adherida a la piel. Él, el hombre sólo en el papel, el de la  mano de largas uñas, el de las frases de galán de secundaria y el de la billetera del amor y la amistad.
Seguro me miraban desde hacía tiempo, atentos a cada paso, a cada cabello sacudido por el viento. Oportunistas como siempre.
Al percatarse de que yo también los miraba estiraron el cuello y soltaron una risotada mostrando cada uno de los dientes. Parecía como si me miraran desde arriba, y eso me llenó de ira. Empero, caminé hacia un lado con la intención de alejarme de esa pareja de buitres como ya lo había hecho alguna vez, en el momento de la traición, con todo y el enojo, la impotencia y la ignominia que me hube de tragar; a pesar de la casi orgásmica sensación al apretar el mango de la navaja oculta en mi pantalón y visualizar la sangre, espesa y burbujeante, chorreando sobre mi piso cuando vi por última vez a ese sujeto. Debí aguantarme entonces, así como en el sueño. Y traté de alejarme, pero ellos avanzaban a la par mía, sin mover los pies o modificar sus expresiones, como si fueran parte del paisaje urbano. Sus risas acompañadas por los respectivos ecos rebotaban contra las casas y me abofeteaban, me arañaban, me desgarraban con la misma intensidad de antaño.
Ya no lo soporté más. Di un giro brusco y me dirigí a ellos con los puños apretados, dispuesto a confrontarlos. Parecían alejarse de mí aunque permanecieran quietos, así que aceleré. No obstante, apenas había dado dos pasos a ese nuevo ritmo cuando apareció a cinco centímetros de mí ese cobarde, con su mirada tan característica entre la soberbia y el ausentismo. Su cuerpo tan cerca del mío me provocó verdadero asco y una furia que me punzaba las sienes. Nos quedamos un par de segundos así, cara a cara, antes de que sintiera una cálida presión en el vientre seguida de varios picotazos. Como si se tratara de una escena gastada de telenovela o película, me toqué el estómago y llevé esa misma mano a mi rostro, impactado por la visión de la sangre. Y mientras caía, sin poder controlarlo e incapaz de comprender en ese instante el porqué, susurré el nombre de ella y pensé en sus labios y en su preciosa cintura.
Antes de tocar el pavimento, desperté. El sudor me cubría la frente y abundantes lágrimas habían humedecido la almohada. Pasados unos minutos comprendí por qué, cuando sentí de forma tan real cómo se extinguía mi vida, susurré el nombre de ésa. Es verdad que la extrañaba, pero no fue por eso; tenía bien en claro que a quien extrañaba era una idea, mejor dicho una divinización de alguien que no existía, pues la verdadera ella no era sino un esbozo desperdiciado de ser humano. No, susurré su nombre por mi necesidad de cierre, de obtener la tan esquiva retribución.
Me di una rápida ducha con agua fría para refrescarme. Me vestí como siempre, como si fuera la una de la tarde en vez de la una de la madrugada, y salí de mi casa. Era muy tarde para agarrar un transporte que no fuera un taxi, atravesaría zonas marginales y peligrosas de la ciudad, completamente solo, mas nada me importaba y sabía a la perfección que nada podría detenerme.
No tengo idea de cómo supe donde vivían, simplemente lo sabía… siempre he sido malo con las calles y direcciones, tengo una pésima ubicación y por lo mismo este misterio me resulta especialmente intrigante. Claro está que nadie me había facilitado el domicilio; mis amigos no lo sabían, los contactos en común no querían involucrarse y sus amigos, pues… Digo, debe haber una explicación lógica, no creo que lo haya adivinado ni es muy probable que alguna fuerza sobrenatural me haya guiado hasta allá. Tal vez lo investigué en algún punto de la vida y lo he olvidado. Antes sufría lagunas mentales cuando me enfurecía demasiado, ¿sabe?
En fin, el punto es que supe donde vivían, aunque el mayor misterio es el cómo también supe que no estarían en casa. Seguro no se trató más que de una coincidencia, pero, pensándolo mejor, creo que prefiero la fantasía de que en efecto tuve un sueño profético, una visión provocada por los suspiros de los ángeles de la retribución.
Así que abrí la cerradura con bastante facilidad y me escabullí en ese hoyo cargado con la peste de la lascivia y el enajenamiento que ellos llamaban hogar. Todo estaba desordenado, todo olía mal, incluso con los rastros de limpia pisos y el aromatizante en aerosol. Entré en la pequeña recámara, asqueado al pensar en las escenas que debían desarrollarse cada noche en ese colchón, y me senté en una esquina, entre un armario y una montaña de ropa sucia, y esperé.
No transcurrió mucho tiempo, quizá media hora. Un poco antes de que acabara la hora de las brujas.
Alcancé a escuchar parte de una breve discusión, seguro algo relacionado con el porqué uno de ellos había dejado la puerta sin llave. Enseguida unas pocas risas y un silencio prologado a varios segundos. Sentí de nuevo esa ira perforándome las sienes y haciéndome rechinar los dientes. No obstante, de igual manera sentí una intensa presión bajo los pantalones y un fuerte cosquilleo en todo el cuerpo. Noté que mi rodilla temblaba y hacía un ligero ruido de tamborileo con el pie; me sostuve la pierna con ambas manos y también comenzaron a temblar. Me sentía como si tuviera frío, pese a estar consciente de que era una noche más bien cálida. Aun así sudaba.
Pasaron algunos minutos. Oía su entrar y salir del baño, sus voces de ebrios. Mas no les prestaba atención. Necesitaba concentrarme en controlar mis temblores, permanecer en calma, masajearme las sienes, mecerme sin hacer ruido.
En cuanto entraron tambaleándose en la habitación, me pegué a la pared y me quedé completamente quieto, frío como un maniquí. No me vieron. Las sombras y la ropa me cubrían; aparte estaban muy ocupados besándose y acariciándose para reparar en mí, un insospechado espectador, un obligado vouyerista. Ahí tuve mi primera satisfacción, he de decirlo. Eran patéticos. Se podía adivinar que ese estado etílico era un hábito en ambos para compensar el precio que la traición nunca les pudo pagar. Sin embargo, nada puede llenar el vacío en un corazón anhelante de alma. Los besos y las caricias de ella eran los torpes y secos movimientos automatizados de una prostituta, y los de él estaban cargados de hartazgo y cinismo. Hacían su mejor esfuerzo por disfrazar dicha carencia de pasión, mas no tenían éxito. Sonreí, intentando reprimir una carcajada abierta. Ahora estaba seguro de tener una erección.
Su estado de ebriedad era tal que en ella noté ciertos gestos de náuseas, arcadas reprimidas, aunque tal vez se debían al hecho de tener que revolcarse con  un simio con  cara de sapo. Ninguno de los dos vomitó, sino que pasó algo todavía más penoso: se quedaron dormidos, así, a medio desvestir; ella en ropa interior y él con los pantalones puestos.
Salí de mi escondite, impresionado por mi propio sigilo, aunque en ese punto no creo que existiera fuerza capaz de despertarlos. Saqué el cuchillo de cocina de veinte centímetros que llevaba conmigo y caminé alrededor de la cama, rozando los bordes de la colcha con el filo, preguntándome cuál sería el primero.
Llegué hasta ella. Para ser sincero, no puedo decir que culpaba al pobre diablo de haberme robado a mi chica. Quiero decir, hubo un tiempo en el que yo habría hecho lo mismo. Él era soltero y no tenía razones para guardar ninguna lealtad a alguien que acababa de conocer hacía apenas unos cuantos meses, ni por qué sacrificar el placer de estar con alguien que, yo lo sabía perfectamente, pretendía ser tan maravillosa. Pero esa hipocresía de no decir las cosas de frente, de fingir amistad, de insistir en comprar afecto; esa cobardía al no poder sostenerme la mirada en nuestro último encuentro, el miedo reflejado en el temblor de su voz. Digo, era evidente que el tipo, a pesar de su cuantioso sueldo, quería ser como yo, pese a que lo único a lo que aspiraba era precisamente a quedarse con mi novia. Mas esos defectos resultaban imperdonables.
Siendo objetivos, la culpa recaía en ella, quien había cambiado cinco años de relación por un sueldo, quien había jurado amor eterno y que sólo me conservaba por confort o costumbre mientras se le presentaba la oportunidad de conseguir sus ambiciones mundanas. Ella era la responsable de mi sufrimiento, de mi depresión, de mi locura. Ambos conocerían la justicia del diablo, pero ella merecía un trato particular.
Levanté con el cuchillo su cabello y se liberó su fragancia. Recordé los muchos momentos mágicos a su lado, buenos y malos pero siempre especiales. La vista se me nubló por la añoranza, la tristeza y los celos. Esperé hasta recuperar la frialdad. Seguí examinando su cuerpo, redescubriéndolo. No había cambiado nada. Ahí seguía el tatuaje que dijo se hizo por mí porque yo ya era una parte de su vida grabada en tinta indeleble. Lo único nuevo era una cicatriz un poco abajo del tatuaje, en la cadera derecha. Reí sin poder evitarlo. No importaba. Lo único que ellos hicieron fue reacomodarse en la cama. Ese movimiento dejó a la vista el trasero de ella. No de grandes dimensiones, pero firme, carnoso y agradable al tacto. Su calzón de suave tela brillante y de color azul estaba un poco abajo, dejando ver el principio de las nalgas. La empujé suavemente para recostarme junto a ella. Besé su hombro, haciendo a un lado la liga de su brassier; recorrí su adorada cintura con la punta de los dedos y los reposé en el bajo vientre. Por un momento la situación se re contextualizó y regresé un año en el tiempo. Los dos en mi cama, acurrucados, besándonos antes de dormir, cuando el mundo se detenía para que yo, por unas pocas horas, pudiera ser feliz. Sabía que eso se había acabado y no regresaría jamás, excepto por esa última vez; una última vez en la que desearía que el amanecer no llegara nunca.
Olí su cuello y acaricié el borde de sus labios antes de bajarme los pantalones. Ella giró la cabeza y entreabrió sus grandes ojos. No sé si, en medio de su borrachera, creyó que yo era su novio o si entre sueños reconoció mi rostro, recordó lo que llegó a sentir por mí y se dejó llevar. Me besó con una pasión auténtica y su aliento me invadió todo el cuerpo. Quería voltearse hacia mí, pero no la dejé. Me aferré a sus nalgas y, apartando su ropa interior, la penetré. Mi boca se negaba a separarse de la suya y las lenguas se entrelazaron en un desesperado abrazo, igual de desesperado que los envites de mi cadera o mis ruegos para que no me abandonara. Sostuve con las manos esos pechos de perfecto tamaño y marcados por las mordidas. Ella comenzaba a gemir demasiado fuerte. La parte baja de su cuerpo intercalaba movimientos lentos con rápidos, pero siempre circulares y profundos. Tiré de su cabello sin soltar el cuchillo y ella se retorció y gritó de placer. Él ya estaba despertando. Maniobré hasta quedar encima de mi amada y, con un movimiento veloz, clavé el filo en el estómago de ese maldito. Los dos entonces se dieron cuenta de lo que ocurría. Ya era demasiado tarde.
Perdone si ahorita hablo demasiado rápido y me trabo, pero me cuesta trabajo no exaltarme, ¿entiende? Tampoco puedo dejar de sonreír al recordar esa escena. Fue maravillosa. Totalmente maravillosa.
Con el peso de mi cuerpo evitaba que ella se librara de un abrazo cada vez más delicioso; su lucha se limitaba a contorsiones del torso y pataleos que me producían un goce sencillamente indescriptible. Y a eso se le sumaba la increíble satisfacción de apuñalar una y otra vez a ese miserable, tal y como él lo había hecho, sólo que yo no lo apuñalaba por la espalda.
Cuando me hube hartado de casigarlo, él hacía rato que había dejado de moverse para volver a dormir, pero ella seguía retorciéndose y yo estaba a punto de acabar. La luz matutina no tardaría en filtrarse por la ventana y los gritos a esas alturas debían de haber atraído la atención de alguien. Le halé el cabello y pegué mi mejilla a la suya; con el brazo del cuchillo apreté su cuello hasta ahogar sus gritos, nada más sobrevivieron gemidos, extraños habitantes de la frontera entre el dolor y el éxtasis. Continué embistiéndola frenéticamente y le susurré al oído: “yo siempre te amé sinceramente. Que sueñes conmigo”. Recogí el brazo que rodeaba su cuello de ninfa y la cuchilla abrió su garganta. Entonces terminé.
Me quedé mirando mi obra. Todo lo que ella había sido, real o ficticio, positivo o negativo, ya no sería de nadie sino mío y ya no habría forma de derribar o siquiera manchar su pedestal. No opuse resistencia cuando sus colegas me encontraron, ni dije una sola palabra hasta que me  permitieron hablar con usted. No fue una madrugada fácil, pero por fin ha amanecido. Ahora tiene todo lo que necesita. Puede permitirme regresar a dormir. Mi cometido en esta vida ha sido cumplido y ya no tengo nada más por hacer. Agradezco su interés y paciencia. Buenas noches.


miércoles, 1 de febrero de 2017

Muñecas de carne

Los viejos dioses no son tan distintos del que ahora gobierna el mundo con un báculo torcido; a ellos igualmente les gusta mirar y divertirse con el absurdo de la vida humana, anhelan la adoración de sus creaciones y se alimentan de quienes aún les entonan cantos de alabanza. Los antiguos dioses no han muerto, pese a los grandes esfuerzos de la cruz por sembrar ese pensamiento en la mente de la gente. Ellos aún nos observan desde alturas inconcebibles, donde el bien y el mal se funden en el éter que sostiene el universo.
Justo ahora la visión se fija en un edénico bosque corrompido por la ambición del hombre, con sus manantiales de agua cristalina, sus árboles de coníferas y su gran variedad de vida silvestre condenados a sufrir la erosión antinatural provocada por ruines empresarios que lo han transformado en un sitio turístico. Es así como centenares de personas contaminan los pocos recursos naturales restantes en este bello país, estúpidamente convencidos de que se han embarcado en una experiencia que los acerca a su lado silvestre. Familias enteras pululan entre la alfombra de hojas secas que cubre la tierra fértil, atrapan sapos o buscan leña para la fogata de la tarde; algunos se refrescan en los estanques y otros patean un balón en un gran claro donde el césped forma un inclinado campo de juegos. La zona de campamentos termina cerca de un hermoso y tranquilo lago, en cuyas orillas flotan algunas botellas de cerveza o bolsas de frituras. Más allá de la basura sus ligeras olas lucen un azul profundo que invita a sumergirse en ellas. Las últimas lanchas regresan de los recorridos vespertinos, pues en la otra orilla descansan las ruinas de una ciudad prehispánica, de una civilización casi desconocida para los historiadores, y los espíritus de sus antiguos habitantes se retuercen de ira al ver cómo se mancillan sus más sagradas costumbres de adoración a la tierra y a toda criatura viviente.
El viento nos lleva hasta la zona de campamentos. Ahí se encuentra instalada una familia de clase media-alta, en medio de un escape de la vida urbana, agobiante por el trabajo en la empresa y la escuela, donde se educa para todo excepto para enfrentarse realmente a un mundo cada vez más cruel. Y ellos, a diferencia de la multitud a su alrededor, sí lograrán pasar por una experiencia que los conectará con las fuerzas de nuestra madre Naturaleza.
El padre batalla con el carbón renuente a encenderse para iniciar con la cena; la madre descansa recostada sobre un camastro plegable, ahora es su turno para permanecer indiferente a las dificultades de la cocina. La corriente en estos momentos ha bajado dramáticamente su intensidad, al punto de casi ausentarse por completo, y cuesta trabajo localizar el olor de las dos hijas de ese matrimonio, cuyos matices de dolor se pierden al contemplar ese par de joyas con idéntico esplendor que impiden la muerte de un amor ya algo oxidado. Por fin se descubren dentro de un manantial, no lejos de su tienda; habían estado bajo el agua, entregadas a inocentes juegos. Cabelleras castañas y lacias, cuatro ojos color miel, narices diminutas, dentaduras incompletas por la caída de los deciduos, pero que no demeritan dos sonrisas cautivadoras. Las mellizas prometen infinidad de preocupaciones a sus parientes por la perfección de sus encantos.
Su aroma es fuerte ahora que han salido del agua, pues las gotas secándose con el aire se llevan consigo parte de su esencia, y sus atributos se ven resaltados por las esporas de los pinos, la humedad de la tierra, las plumas de distintas aves. El humo del asador apenas comienza a dispersarse, por lo que la dulzura de la carne asada —junto a la de sus diversas guarniciones— aún está lejos de alcanzar esas sensitivas narices. Las pequeñas secan sus cuerpos, se calzan y, luego de pedir permiso a su madre, deciden ir a explorar un poco el lugar. El sol ya desciende por la bóveda celestial, con la luz rojiza impregnando el bosque con una atmósfera evocadora de los fuegos primigenios. En el lago, las últimas lanchas arriban al muelle y los turistas baja a tierra, con la satisfacción dada por la creencia de haber tenido un acercamiento espiritual a épocas remotas.
Las hermanas avanzan corriendo entre la gente que arma sus casas de campaña o beben una cerveza fría, ya que el clima tan agradable invita a ese refresco. Ya han salido de la zona de acampar y ahora brincan entre las rocas, más cerca del lago. Caminan por la orilla bastante rato, alejadas por completo de cualquier otro vacacionista; solamente un par de ojos entre los árboles, arriba en el bosque, siguen sus pasos. Un bote pequeño flota solitario a escasos metros de ellas, se balancea de forma extraña, como si quisiera imitar el movimiento del cuerpo en un gesto incitante. La madre se ha levantado para buscar a sus hijas, la cena está lista; voltea a un lado y al otro hasta vislumbrar en la lejanía dos siluetas avanzando peligrosamente cerca del agua. La bella señora se lleva una mano a la frente y se dispone a correr hacia esas diminutas figuras, mas unas risas de niña llevan su atención hacia el lado contrario. Entonces, sonríe satisfecha.
Las mellizas suben al bote de madera que detiene su bamboleo y se inclina a un lado para permitirles el abordaje. Inician con un simple juego de marineras que parten hacia una tierra desconocida, repleta de peligros y misterios. No son las típicas chicas que juegan con muñecas todo el tiempo, sino las hijas de una nueva época. En medio de la fantasía, no se percatan cuando un aire fresco, cargado de una brisa aromática y guiado quizá por una conciencia innominable, las va a empujando lago adentro. Cuando por fin se dan cuenta, la barcaza navega muy alejada de la playa. Sin embargo, ninguna de las dos se asusta; en cambio, entrelazan las manos y se sientan en la banca para contemplar un paisaje que, ahora visto bien, supera al de su aventura imaginaria. El cuadro es fantástico porque no hay vista hacia atrás, hacia la zona corrompida por la plaga humana. No, ellas sólo ven frondosos árboles a un lado, saludando su paso con las ramas, un conejo se acerca a la arena y observa el barquito pasar; el agua también está invadida por la vida: a través de la superficie increíblemente cristalina se alcanza a ver el fondo cubierto por las algas que apenas dejan apreciar la arena, peces y cangrejos de agua dulce batallan por un espacio libre; y al fondo se van descubriendo poco a poco las majestuosas ruinas de piedra.
El bote toca tierra firme cuando los últimos rayos del sol todavía luchan por abrirse paso en esa fortaleza parcialmente olvidada, lo que tiene como resultado una iluminación perfecta para regresarle un poco de la magia perdida con los años. La hiedra cubre una enorme extensión de terreno, trepa por los muros ciclópeos y forma coronas en los techos de las primeras construcciones que reciben a las niñas. Son como casitas, piensan ellas, que rodean una gran muralla, como en las películas de princesas; quizá, tras ese muro se encuentre el castillo de los reyes, con la hermosa princesa esperando la llegada de su amado. El rojo crepúsculo tiende una alfombra sobre el camino hacia el estrecho umbral que atraviesa la muralla. Dos estatuas custodian esa única entrada; la luz, el polvo, la atmósfera en su conjunto y la imaginación excitada de las pequeñas parecen conferirles movimiento a los guardianes, quienes, con movimientos cortos y torpes a causa de su largo sueño, invitan a las gemelas a entrar. Ellas avanzan, apremiadas también por la voz del viento.
Se han internado en una pequeña ciudad que, sin embargo, luce impresionantes edificios con figuras imponentes, como los centinelas de la entrada, mas esta vez tallados sobre la roca llana, en bajos y altos relieves. La luz se debilita a una velocidad cada vez mayor; ya la mitad del firmamento se ha bañado con violeta  y las sombras fruncen los cejos de las esculturas, giran las cabezas para seguir el paso tímido de las dos princesas que se dirigen al edificio central. A medida que se acercan, la voz del viento toma una forma más definida; ya no es aquel distante eco con matices musicales de hace unos minutos; ahora se distinguen las sílabas a la perfección y el tono se ha vuelto más tierno, resuelto y apremiante. Las chiquillas, todavía en ese trance provocado por la dulce voz, no se sueltan de las manos y apenas siguen prestando atención a la magnífica arquitectura alrededor de ellas. La fantasía que inició como un simple juego ha trascendido la frontera no muy definida de sus mentes y ahora se ha perdido el poco sentido —si alguna vez lo tiene algún divertimento infantil— de su pequeña aventura. Han dejado de pensar en lo que hacen, en su familia, en el lugar donde se encuentran; lo único que saben es que les alegra estar juntas y que nunca se quieren separar. Sus dedos se entrelazan con mayor fuerza.
El edificio principal, justo en medio de la ciudad, es una construcción rectangular, la de menor altura en todo el complejo, pero que lo compensa ampliamente en longitud. Pese al paso del tiempo y la crueldad de la intemperie que han erosionado las esquinas y triturado algunas rocas, la edificación luce espléndida, como rodeada de un aura protectora que la hace brillar.
Por momentos, breves espejismos se les presentan a las hermanas para mostrarles la original magnificencia de la estructura de infinitos custodios labrados en las columnas: de pronto los bloques de piedra se visten con un recubrimiento misterioso, las estatuas que sostienen el techo como los gemelos de Atlas lucen su piel color de trigo, sus tocados dorados levantando el cabello negro y sus ropas marrones y blancas con abundancia de adornos policromáticos; los muros contienen extraños caracteres nunca vistos por esas dos tiernas visitantes y, en su ignorancia, las escenas y mensajes labrados allí, en el único segundo que se detienen y recuperan parte de conciencia para admirar esa visión, les recuerdan el libro del Antiguo Egipto que su papá les regalara en su cumpleaños pasado. Y, tan inesperadamente como ha llegado, la ilusión se esfuma, y queda tan sólo el palacio viejo, en ruinas cubiertas de hiedra, con la noche expandiendo los pétreos flancos, la gran entrada en cuyo interior danzan sombras. Entonces dudan por primera vez, sienten verdadero miedo. Pero no se detienen. La fuerza que las guía sobrepasa su voluntad, y, a decir verdad, pese al miedo, no pueden contener tampoco esa curiosidad infantil que hace perder toda prudencia. Se internan en las penumbras, únicas habitantes vivas en ese sepulcro de peligrosos arcanos.
En este punto, los espejismos se vuelven más duraderos, intercalando con la negrura apenas cuarteada por los débiles rayos lunares, hasta sustituir la realidad perceptual. Esto pasa al mismo tiempo en que la voz, percatada de la reticencia de las niñas a continuar el trayecto, cambia el tono por uno que les recuerda a su mamá; las tranquiliza, y el tono baja un poco más, le asegura que no hay nada por qué temer y luego las gemelas descubren la voz de una niña de su edad. Varias piras se encienden e iluminan unos muros sin espacios desnudos de tantas escenas reproducidas en ellas; líneas azules y rojas adornan la unión entre paredes y techo, éste último labrado con cientos de caras adornadas con aretes, púas en los labios y especies de diademas doradas. Las pequeñas piensan en una casa de la risa al avanzar por esa estancia atascada de columnas. La voz se vuelve más clara y fuerte hasta casi convertirse en un grito que rebota en esa amplitud, y los ecos actúan como un psicotrópico en la mente de las visitantes. Se comienzan a marear, pero sus manos siguen entrelazadas; todo a su alrededor da vueltas, se vuelve nebuloso, como si su mirada fuera cubierta por papel translúcido. No obstante, siguen avanzando.
No se sabe cuánto tiempo llevan caminando, pero no puede haber pasado mucho desde el comienzo de la aventura, pues, en la distancia, fuera de la ciudad, ningún campista se ha metido a dormir. Mas a las hermanas les parece que han transcurrido horas y horas. No sienten las piernas, parece como si avanzaran flotando, sus párpados pesan. Sienten una gran frustración de que toda la gran experiencia parece resumirse en una larga caminata con uno que otro golpe de emoción, y la gran mayoría del asunto resultó promesa tras promesa que esa voz emitía sin llegar a consolidar ninguna. La voz conoce sus pensamientos compartidos y se limita a sentenciar únicamente lo siguiente: “las cosas que valen la pena tardan en llegar”, seguido de una risita aguda.
En efecto, su espera ha terminado. Llegan al final de esa enorme estancia, voltean un segundo y apenas alcanzan a ver un pequeño cuadrado de luz, que es por donde entraron; al regresar la mirada, frente a ellas se levanta una reja de madera petrificada bloqueando el paso a una pequeña habitación. La voz proviene del otro lado; no queda ninguna duda, la escuchan fuerte y claro. Dos piras, al fondo de ese cuarto, se encienden e iluminan un gran altar de piedra, carente de más adornos a excepción de un par de vasijas, una a cada lado. Arriba, la entidad a la que está dedicado. Un alto relieve de una cabeza, de cuyos labios plasmados en un gesto como de alguien silbando se escapa un aire cargado de variados aromas. Las facciones, los colores y todo el conjunto desencajan en el estilo generalizado de la ciudad. No se trata de un indígena. Tiene el cabello rojo, como la cresta de un gallo, arreglado en dos trenzas sujetas por moños azul cielo; una frente pequeña atravesada de lado a lado por pequeñas inscripciones que parecen cicatrices; nariz griega, simplemente; barbilla un tanto puntiaguda, al igual que las orejas. Sin embargo, lo más extraordinario son los ojos carentes de cejas, aunque coronados por largas y separadas pestañas, dos globos casi perfectamente redondos, con enormes pupilas negras en cuyos centros se alcanzan a distinguir dos diminutos agujeros. A las hermanas, esa cabeza les recuerda a una muñeca de trapo.
Es la escultura quien les ha estado hablando para guiar sus pasos; ahora sus pupilas parecen fijas en ellas, y de sus labios se escapa una risita con olor a madera. Las ha estado esperando por largo tiempo. Sin saber por qué, las gemelas intercambian una mirada que les trae un recuerdo extraño y fuera de lugar: hace un año ambas jugaban en la sala de su casa, bajo la antipática y vidriosa mirada de su padre; saltaban entre los sillones y una de ellas entonces exclamó, equilibrando en el respaldo del sofá: “Mira, papi, me voy a aventar de un edificio”, y así lo hizo, seguida de su hermana, que no paraba de reír.
La diosa —o lo que sea eso— las regresa a la realidad. Ha esperado largo tiempo por ellas, en esa solitaria casa, sin nadie con quien jugar. Pasen, pueden divertirse un rato con ella, que también es su hermana. De pronto, ambas se dan cuenta que, efectivamente, esa chicuela tallada en el muro, que da la impresión de que en cualquier momento sacará las manos y se impulsará hacia fuera, tiene un gran parecido con ellas. De nuevo la voz aguda satura la habitación y sumerge a las pequeñas en un estado de conciencia alterada. Sí, debe ser su hermana. Los barrotes de la reja se quiebran, tuercen, revientan, para dar paso a esta reunión familiar. Los dos agujeros en las pupilas de la diosa se iluminan con un brillo esmeralda. Pasen a jugar, ha pasado tanto tiempo, ya nadie las separará. La pétrea boca se abre, dejando caer un fino polvo; una luz blanca que ciega al instante cubre a las gemelas mientras avanzan hacia esa gran boca.

Del otro lado del lago, una familia de cuatro asa bombones en una fogata.

sábado, 10 de septiembre de 2016

Los Grandes restantes

Cada vez apreció más la calidad de personas que sé que son mis fieles lectores y seguidores, puesto que a cada oportunidad me demuestran su amplio criterio, su buena educación y su capacidad de análisis crítico. No saben cuánto me entusiasmé al leer sus nuevos comentarios y que la gran mayoría pidió que siguiera con mi explicación de los Grandes Dioses restantes. Personalmente imaginaba que les parecería tedioso leer tantos datos, y es que yo mismo perdí la noción del espacio y me extendía y extendía, pero no podía detenerme, por más que intenté resumir lo mejor posible. Como sea, dada esta satisfactoria respuesta, esta entrada la dedicaré a terminar con las características de los cinco dioses que gobiernan los demás imperios, me extienda lo que me extienda, aunque trataré de sintetizar aún más que el post anterior, para la siguiente semana seguir explicando la organización de Los Nueve Imperios, pues todavía falta mucho de qué hablar.
Astaroth, el Gran Duque, el amante de las flores de carne. Este demonio es el más cercano al hombre, sin dudas. Por algún capricho o plan oscuro del Todo, el espíritu de Astaroth es más corpóreo, si es lícito usar el término, ya que tiende a materializarse con mucha más frecuencia que sus compañeros. Por esta misma razón es capaz de gozar en plenitud de todos los placeres y constantemente busca hombres y mujeres para disfrutar con ellos, y a cambio ofrece gigantescas recompensas. Mas esta ventaja tiene varios lados, y de la misma manera Astaroth tiene una gama completa de sentimientos, entre ellos la piedad, la tristeza, la empatía, aunque también la ira desmesurada y la crueldad. Algunas de estas cualidades son las que lo llevan a ayudar a otras deidades cuando éstas no son capaces de alcanzar algo que se han propuesto. Igualmente, es llamado el maestro porque es él quien guía y enseña a los espíritus que recién pasan de un plano a otro, así como gusta de conversar con sus invocantes para desvelar secretos o mostrar eventos pasados y futuros, y una de sus mayores características es que vuelve docto en cualquier ciencia o arte a quien pacte con él.
Físicamente los retratan con forma humana, como un hombre en extremo atractivo, de cabello rizado color castaño claro, perfectamente rasurado, de marcados músculos. Sin embargo, siempre se le representa con enormes pies parecidos a patas de anfibio y enormes alas de murciélago. Sus animales son la serpiente y el dragón.
Baphomet. ¿Qué les puedo decir de este extraordinario ser? De él obtuve mi nombre en el bautismo de fuego y luz, y es con el que firmo mis obras; mi dios protector, mi guía, el único ser que ha entrado tanto en mi mente, en mi corazón y en mi alma, para cambiar mi interior y salir de nuevo a grabarse también en mi piel, misma que ahora se enchina y calienta la sangre de mis dedos al escribir este párrafo. Baphomet, o Bafumet, el dios que porta la antorcha de la Iluminación, quien todo lo sabe. El patriarca, conocedor de los más oscuros o brillantes arcanos que sostienen el universo, se le considera el padre del ocultismo, y su poder es tan alto que se le confunde muchas veces con Lucifer, una vez más por la intervención de la despreciable fe romana. Como ya lo indiqué en una referencia, Los Nueves Imperios invocan el espíritu de Baphomet en el Bautismo de Luz, parte de la iniciación de la secta a partir de la cual se le asigna al novato a los espíritus que lo protegerán, y es una ceremonia de la cual hablaré a profundidad más adelante.
Baphomet representa la conjunción de lo masculino y lo femenino, la ley de la polaridad universal; en otras palabras, es la perfección. Esto lo vuelve el encargado del cumplimiento de las leyes universales, descritas por la Hermética. Él es la paz, el orden, la virtud, lo que se refleja en su aberración por los así llamados pecados, aunque nuestra concepción de estos crímenes difiere un tanto de la cosmovisión abrahámica. El asesinato público, los crímenes religiosos (las Cruzadas, la Inquisición, el diezmo, el terrorismo eclesiástico, etc.), la represión, la falta de respeto a la Naturaleza y así seguido. De hecho, esta entidad es la misma creadora de la naturaleza silvestre, y las escrituras de los Imperios profetizan que él llevará al hombre de regreso a su estado natural, en busca de la conjunción con la Madre Tierra, que es una advocación del propio Baphomet.
Así como es el procurador de justicia, tampoco puede castigar directamente a los seres humanos, porque esta acción iría en contra de su esencia, pero por él es que el alma puede materializarse para poder sufrir castigos o, bien, disfrutar de ciertos placeres mundanos en un plano elevado. Pues debemos entender que la muerte es un invento humano, y Baphomet es una muestra de ello al lucir un pene con la forma del Caduceo de Hermes, que representa la vida eterna, la transmutación de una forma de energía en otra. Este falo, unido a los pechos femeninos del dios, dio origen a la humanidad por Gracia de Abaddon.
Esto último de la transmutación mental recuerda al concepto hermético y ley universal de “Como arriba es abajo y como abajo es arriba” (escrito textualmente en el tratado El Kybalión), y en él yace el secreto para los así llamados milagros, que no son otra cosa más que la manipulación de las leyes por un ser que ha alcanzado un nivel de desarrollo mental y crecimiento espiritual extraordinarios. Los protegidos de Baphomet poseen la ventaja de recibir de él conocimientos y fórmulas mágicas de tipos diversos, pero sabe quién es indigno de su generosidad y entonces los abandona y los deja a merced de las alimañas que están en perpetua búsqueda de energía vital para absorber.
Existen muchas teorías acerca de este singular personaje. Una de las más populares es la que nace de su representación de un hombre con tres rostros: los de Buda, Mahoma y Jesucristo. No obstante, la realidad es que estos tres hombres adelantados a su época fueron protegidos del dios de Luz, quien les ayudó a alcanzar la iluminación y les reveló arcanos que permitieron la alteración de ciertas leyes. Y en esta misma teoría se tiene el ejemplo de lo que pasa cuando se abusa de la bondad de Baphomet si se recuerda el desenlace de la vida terrenal de uno de estos tres profetas.
Por todas sus cualidades, la pintura que la Orden acepta como más aproximada a lo que simboliza Bafumet es la realizada por el ocultista Eliphas Levi: un ser con cabella de chivo, de grandes cuernos que representan la fertilidad y la naturaleza, encima de la cabeza, a modo de corona, brilla la antorcha de la iluminación y la sabiduría; en la frente el pentagrama indica la perfección y la armonía reinante en el universo, que se sostiene por las leyes universales sostenidas a su vez en la mente del Todo. Su rostro y el cuerpo están deformados por su aberración a los pecados mortales; tiene seno de mujer y un falo en forma de varilla; las patas también son de chivos. Lo podemos ver sentado sobre el mundo, con una mano femenina apuntando hacia la luna y una masculina hacia su sombra.
Enascondius. En los libros malditos de nigromancia o las escrituras de ciertas religiones ya olvidadas se le encuentra con el nombre de Yostothoght, la llave y la puerta, el que muestra el camino. Se conforma por grandes serpientes entrelazadas, envueltas en una demencial orgía que eyacula burbujas brillantes. Cuando la revolución alcance su punto culminante, en el momento de mayor caos y derramamiento de sangre, Enascondius despertará al sinfín de dioses mayores y menores para llevar la lucha a los planos astrales y el caos al espacio cósmico. Existe fuera del tiempo y el espacio, por lo que muchos sostienen que eso ya está pasando. Lo sabe y lo ve todo, más no lo puede todo. Es capaz de pasar parte de sus conocimientos y visiones, aunque siempre a un gran precio. Aquel dispuesto a pactar con él debe estarlo igualmente para permanecer eternamente en la servidumbre y buscar esencias espirituales de significativo poder para alimentarlo. Pese a sus naturalezas aparentemente contradictorias, Enascondius trabaja de la mano con Baphomet. Y en realidad, este dios y el que sigue son esencias extraídas directamente del centro del Todo, por lo que poseen muchas de las características de los demás dioses ya descritos, y, al mismo tiempo, ninguna.
Pramumcos. En una expedición realizada en 1918 y en otra más reciente en el año de 1947 se encontraron una serie de manuscritos. Los primeros, descubiertos en una cueva, al parecer parte de la arquitectura de una ciudad abandonada en medio de un enorme desierto, contiene textos nigrománticos que aún no han sido descifrados en su totalidad. Los de la segunda expedición son centenares de pergaminos que datan desde el siglo IV a.C. hasta las primeras décadas de la edad cristiana; incluyen lo que muchos estudiosos y el mismo Vaticano han designado como Evangelios Apócrifos; mas ha habido un esfuerzo de verdad notable en ocultar los textos más antiguos, ya que contienen información sumamente peligrosa para la fe cristiana y, si los conjuros y leyendas son ciertas, la visión del mundo de cualquier cultura se tambalearía desde sus cimientos. No obstante, para los Nueve Imperios, favoritos de los dioses, prácticamente nada es imposible, y nosotros somos guardianes de los arcanos que reposan en aquellos papeles. En ambos se mencionan a Enascondius y a otro dios, también parte de la esencia directa del Todo, conocido como Thozatha o Pramumcos.
El motor del caos, antítesis de toda creación, Pramumcos existe en el corazón del universo, lugar donde existe un vacío, por lo que este dios carece de cualquier capacidad racional. En medio de la nada babea, gime y plañe haciendo inútil muestra de un poder total que arroja polvo cósmico, antimateria y gases que viajan a toda velocidad para construir o destruir mundos, estrellas, galaxias. Pramumcos carece de forma para representarlo, pese los innumerables intentos de osados artistas que aspiraban a encontrar sentido en la esencia misma del universo; todos ellos yacen en un hospital psiquiátrico o en un cementerio. Los pocos hombres que han dado testimonio de lo que han visto al evocar la imagen de esta deidad ciega y estúpida, y no han contagiado la demencia a sus escuchas, dicen que es una nube de colores, o algo parecido a los colores porque son sencillamente indescriptibles en cuanto al tono y, sobre cualquier cosa, a su intensidad. Mirar esto fijamente o tan siquiera de soslayo induce la locura extrema, una muerte en vida que consume la carne y provoca visiones inframundanas como ningún ser viviente debe percibir nunca.
A pesar de existir esencialmente en el vacío central del cosmos, Pramumcos es omnipresente y omnipotente, por lo que puede viajar a cualquier sitio, y en medio de su irracionalidad provoca los desastres más terribles y en todas las escalas imaginables, desde cambios microscópicos en una roca hasta la destrucción de galaxias enteras. Cuando se presenta ante los humanos se escucha un eco, como una música demencial compuesta por flautas y tambores, el sonido del espacio profundo, acompañada por voces que recuerdan los cánticos y melodías africanas. Enascondius suele visitarlo para sacar provecho de su estupidez o para aconsejarse en medio de esa esencia todopoderosa. Los demás dioses bailan a su alrededor para absorber también un poco de la energía.
Lucifer, el primer rebelde, el que se opuso al ascenso de una entidad altiva que abusó de la pasividad del Todo. La estrella de la mañana. Es uno de los dioses más poderosos y, al mismo tiempo, uno de los más débiles. En los tiempos primeros, en la batalla original cuando el dios bastardo usurpó el poder celestial, el Todo contempló todo en una actitud que Lucifer tomó por indiferencia, no pudo ver el plan mayor en la mente del Todo. De ahí sucedió su desgracia, y su rebelión fracasó, mas la Voluntad se había cumplido y el equilibrio se mantenía. Lucifer entonces ayuda a cuidar este equilibrio y dirige a los demás dioses en sus diferentes funciones en la gran máquina que es el universo, mientras aguarda el momento en que los polos deban invertirse y él mismo subir a lo más alto para desplazar a las estrellas malditas de Jehová, la deidad perversa.
Su nombre verdadero es Helelbenshachar, el hijo del Alba, pues no hay otra entidad más cercana en perfección y sabiduría del Todo, lo que se traduce en su representación como un ser de enorme belleza. Él es el Prometeo original, que se alió con los otros dioses y encargó a sus discípulos la liberación del ser humano, para que éste pudiera ejercer un verdadero libre albedrío y aprender toda clase de ciencias, ya que él mismo intentó liberarse del yugo de un dios tiránico que limita al hombre y a todas las criaturas en todos los aspectos posibles, sobre todo en lo que se refiere a lo sexual y a sus capacidades intelectuales, porque estos dos aspectos son los que pueden poner en peligro su reinado, y es por esto que ese dios, el adorado por los cristianos, es cruel, vengativo y celoso, pues desea seguir en control de un Universo que sabe no le pertenece, pero que sacia sus necesidades del orgullo y el hambre de poder. No obstante, como ya se sabe y en las pocas cosas en las que coinciden los mitos cristianos y los nuestros, Lucifer no tuvo éxito en su rebelión, puesto que se enfrentaba con un ser casi tan perfecto como él y con un mayor número de aliados en busca de compartir un poco de su poder. Por esta razón fue segregado de los demás dioses, aunque no de tal forma en la que describen los cristeros, porque no existe un paraíso o un infierno, pero no se le pudo destruir, ya que el Todo necesita de él para mantener en funcionamiento la máquina universal. Sin embargo, muchos esfuerzos fueron hechos para que a Lucifer se le tome ahora como lo contrario a lo que es: lo tachan del padre de todos los vicios, el primer pecador que intenta coartar la libertad del humano, el hijo del incitador, cuando sólo busca justicia para personas y entidades espirituales reprimidas bajo el martillo del verdadero bastardo.
Existen formas para invocar a Lucifer, empero, es un ser tan perfecto que es muy difícil lograr que se presente, y, aun en caso de tener éxito, estar en su presencia conlleva muchos y muy variados riesgos para el invocante. Si se logra sobrevivir al rito y el practicante resulta apto y digno ante los ojos del más poderoso de los ángeles, los beneficios son enormes, pues Lucifer concede cualquier tipo de favores, sin importar la naturaleza, aparte de conocimientos interminables e inmenso poder. Es la única deidad con cuyo pacto se abarca todos los campos. Sin embargo, al entrar a su servicio uno se convierte automáticamente en un soldado luciferino que deberá dedicar sus talentos, cualesquiera que estos sean, a difundir la palabra de los Imperios y luchar contra el patriarcado represor y despótico de la Iglesia Católica y Romana, misma que deberá ser destruida hasta sus cimientos y el último Papa ahorcado con los intestinos del último sacerdote. El siervo de Lucifer también está obligado a llevar un estricto régimen que incluye varios ritos diarios y una dieta específica, pero este tema lo abordaré en otra oportunidad.
En resumen, esos son los nueve dioses que rigen Los Nueve Imperios, todos ellos subordinados a la máxima entidad, el Todo, quien es la energía viviente e inteligente que controla el cosmos y del cual se desprende cualquier forma de existencia. Algunas teorías sostienen en llamar al Todo Satán, otras relacionan este nombre con Lucifer; los Nueve Imperios prefieren llamarlo así, como los hermetistas, simplemente Todo.

Bafumet Acene

lunes, 22 de agosto de 2016

Una luz a la figura de Bafumet

Es un gran gusto saludarlos una vez más. Me alegra mucho ver todas las visitas que tuvo el blog desde publicado el último post, y más alegría me produjo leer sus comentarios de apoyo (descartando, por supuesto, las ofensas e imprecaciones de los desertores y enemigos, que nunca faltan), ya sea que compartan mis ideales o no, pero siempre presentando sus opiniones con respeto, como debe ser. Ahora, como lo prometí, en esta entrada explicaré bien a bien en qué consiste el culto que predico, con lo cual espero arrojar un poco de luz a la figura de un escritor usualmente calificado como subversivo, transgresor, pornográfico, aunque también etiquetado como un genio contemporáneo, que adoptó el nombre de Bafumet Acene.
Pertenezco a un pequeño grupo (llámese secta, si así se quiere, pese a que nosotros preferimos evitar tal calificativo) en ascenso llamado La Orden de los Nueve Imperios. Nos definimos como un  culto de verdaderos satanistas, con sus orígenes en tiempos inmemoriales, casi desde que el hombre es hombre, y no como los nuevos movimientos blasfemos y difamatorios que llenan de sofismas las cabezas de los fieles y se han ido apropiando de nuestros símbolos para justificar una supuesta rebelión, fachada infame que tapa sus verdaderas intenciones, que son saquear el bolsillo de la gente y no pagar impuestos para vivir cómodamente en esta sociedad degradada, asquerosa; ellos son moscas que desprestigian la verdadera fe de Satán, y deben ser aplastadas para que dejen de esparcir excremento por donde quiera que pasan. Debe quedar bien claro que el auténtico satanismo no es únicamente una religión, sino todo un estilo de vida diseñado para elevar al hombre a su máxima expresión, un ser extraordinario capaz de conjuntarse con las criaturas cuasi perfectas conocidas como demonios, capaces de realizar actos que desafían lo que hemos definido como leyes naturales y, con la ayuda del Señor, utilizar las fuerzas del Universo para cambiar el mundo a su antojo y elevar el espíritu hasta el punto de gobernar hasta el último rincón del cosmos, en espera del momento en que debamos volver al centro del Todo.
El nombre de Los Nueve Imperios se desprende de nuestra creencia de que el Universo está regido por nueve deidades principales, que al mismo tiempo comandan las legiones de los seres angelicales, emisarios del Autor, para ayudar o castigar a los hombres y otras creaturas inteligentes y así mantener el equilibrio de las cosas. Los nueve Grandes Dioses son los siguientes:
Asmodeus, el ser de muchos rostros. Es la deidad que representa la lujuria y la ira, ambas cualidades que nosotros consideramos no sólo buenas, sino necesarias para el desarrollo del ser humano. Él es quien defiende la libre sexualidad y las pasiones humanas, sean las que sean, pues todo instinto natural debe ser respetado y, más aún, seguido. Es quien ayuda a sus adoradores a unirse con diversas parejas sin que sentimientos limitantes, como el amor, destruyan el placer; también ayuda a sus seguidores a entregarse libremente al goce sin preocuparse por enfermedades o embarazos no deseados, pues el que busca la plenitud, y ha trabajado para ganarse el favor de esta divinidad, merece hacerlo sin obstáculos. De igual forma, este mal llamado diablo inspira a los artistas para crear obras que enaltezcan sus figura y pregonen la filosofía que nace de su seno. A él se debe recurrir cuando la sed de venganza carcome el alma, pues ayudará a consumarla por los medios que el adorador prefiera. Ayuda directamente en el proceso de crecimiento espiritual, pero no por eso debemos pensar que es menos poderoso que sus colegas, pues su ego es grande y a quien lo ofenda le espera la más terrible de las venganzas.
Como todo ser espiritual, no posee forma corpórea, aunque se le suele representar como un ser con varias cabezas, una de ellas humana, otra de un toro, una más de un carnero y una cuarta de una criatura parecida a un ogro, todas ellas símbolos de su poderoso líbido, ya que es verdad que posee el ingenio de un hombre, la fuerza de un toro, la virilidad y fertilidad de un carnero y la ira y el desenfreno de un ogro. Asimismo, se presenta a quien lo invoque como una persona galante, atractiva y de finos modales, sin embargo, se debe evitar, como con todas las deidades, verlo directamente a los ojos, pues su poder es tal que puede matar o sumir a una persona en la más honda locura en caso de mirarlo por los espejos que reflejan su alma.
Para invocarlo, el practicante debe permanecer tres días en un ayuno completo (incluyendo el ámbito sexual) por la ironía con respecto a las prácticas de los ignorantes amantes que deseaban combatirlo permaneciendo en el lecho nupcial por ese lapso antes de consumar su matrimonio; se debe vestir con una túnica roja, símbolo del deseo carnal y la pasión, pero cuidando de tener la cabeza descubierta todo el tiempo, puesto que, como ya se dijo, a este espíritu le gustan los buenos modales; una vez que se logra materializar a Asmodeus, se debe permanecer con la cabeza agachada. Él responderá cualquier pregunta que se le formule, incluyendo información sobre acontecimientos futuros, pero el tema que más le gusta es, por supuesto, el de las relaciones íntimas. Cura impotencia, infertilidad, disfunción eréctil, falta de apetito sexual y ayuda a conseguir a las parejas deseadas, sean quienes sean. Sin embargo, se debe tener cuidado en cada uno de los pasos, porque éste es un demonio bromista, y se complace engañando y gastando bromas a quien comete cualquier tipo de error al hablar con él. Es más propicio invocarlo en los meses de enero y febrero. Y una vez que se ha pactado con él, el sujeto recibe un anillo, símbolo de la unión con el dios; el adorador de Asmodeus es capaz de leer los pensamientos de sus semejantes, pasar desapercibido en un lugar abarrotado de gente y adquiere una potencia sexual extraordinaria. Mas hay que rendirle tributo entregándose a cualquier pasión que conciba la mente, aun si se trata de incesto, estupro, violación, bestialidad o necrofilia, pues no hay nada prohibido o que sea antinatural para este ser; él está por encima de la moral y las leyes humanas, y protegerá a sus servidores.
Abaddon, la estrella del abismo sin fin, el portador de todas las plagas, el Destructor, el Cazador de olfativos. Con estos y muchos nombres más se le conoce a este dios, y existe a su alrededor muchas discusiones acerca de su naturaleza: si es un ángel escogido por el dios cristiano para castigar, o transportar a los muertos al otro lado, que si es un demonio que traerá consigo infinitas langostas para torturar a los seres humanos en el fin de los tiempos, que si será precisamente él quien finalmente encadenará por el resto de la eternidad a Satanás. Todas estas teorías nacen de la ignorancia y la poca capacidad de comprensión unidas al manejo político de ese hormiguero corrupto llamado Iglesia, porque lo que sucede con Abaddon, y los demás dioses, es que posee una dualidad, y más en este caso en particular en el cual intervienen ciertas circunstancias que los altos mandos del Vaticano se han esforzado por ocultar (con un temor muy justificado) y que ahora les presentaré.
Abaddon surgió del seno del Todo en los primeros instantes de la Creación, y contempló el Caos primigenio, con lo que pudo vislumbrar también el fin de todas las cosas. Es por ello que el Todo lo nombró como el portador de la Verdad, el que puede ver las cosas en sí mismas y se convirtió, como más tarde lo nombrarían los denominados hijos de Set, en el Destino. Durante la construcción de este nuestro mundo, Abaddon miraba solitario las transmutaciones y el acomodo de la Tierra y de vez en cuando modificaba la arquitectura. Fue de esta manera como creó (algunas teorías dicen que por accidente, pero en verdad fue un plan concebido en el ocio y la soledad) al ser humano, a quien hizo de tamaño mediano en comparación a los demás seres vivos para que pudiera vivir cómodamente, le dotó de inteligencia y, por razones oscuras, lo cargó con una gran energía sexual. El primer humano fue hembra, pues a Abaddon le gusta la perfección. Él, por supuesto, sabía muy bien cuál sería el rumbo que tomarían las cosas, pero al ser el primer brazo del Todo, adquirió ciertas propiedades cercanas a los sentimientos, razón por la que continuó con su proyecto, con el inexplicable permiso del Padre. Llegó el punto en que sus hijos alcanzaron la civilización, y con ello le dieron la espalda, hasta el momento de levantar el gran Imperio occidental y judeocristiano que nos domina a la fecha. Entonces el Todo lo condenó, y su mayor atributo, la clarividencia, se convirtió en su más insoportable maldición. Abaddon conoce el Fin, es el Fin en sí mismo; es una deidad nostálgica que añora a sus hijos perdidos en el camino y por los que está condenado a torturarlos y castigarlos al ser el portador del caos y la destrucción, el causante de las guerras. De la misma manera, es el elegido para revelar a sus hijos selectos el plan que traerá consigo el nuevo orden.
Cuando llegue el día, Abaddon ascenderá de la tierra junto a sus hermanos, desatando la última de las guerras que traerá consigo enfermedades y pestes nunca antes vistas, y los infieles y blasfemos sufrirán terribles dolores, sus carnes arderán a la temperatura del sol, miles de agujas atravesarán sus pieles, aceite hirviendo penetrará por sus intestinos, pero no podrán morir, sino que sufrirán estos y miles de suplicios más hasta expiar sus culpas.
A este ente también se le conoce como el cazador de olfativos, y esto se debe a que persigue a los médiums de esta clase (les recomiendo investigar sobre tipos de médiums y, en general, consultar libros sobre ocultismo y espiritismo), pues como él mismo es el Sabueso, anhela el don de estas personas y desea absorber sus espíritus. Pese a esto, a Abaddon no se le puede invocar, a menos de que pertenezcas a sus favoritos.
Lamashtu. Esta deidad, como todos los seres de los altos planos espirituales, carece de sexo o género; no obstante, a unas de sus partes se le nombra como una entidad femenina por los atributos que describiré enseguida. Lamashtu tiene un gran instinto maternal que muchas veces se le malinterpreta y, en medio de la manipulación cristiana, toma un carácter negativo. Es la madre de los niños de los ojos negros, infantes que han fallecido recién nacidos o a muy temprana edad; estos pequeños, tan populares en relatos y leyendas, que aparecen en las ventanas y tratan de entrar a una casa, Lamashtu a veces busca a uno (nadie sabe cómo o por qué los elige) y se lo lleva consigo para sacarlos de ese, podríamos decir, purgatorio y regresarlos al ciclo universal. La patrona del control natal, su papel en el fin del tiempo moderno es volver infértiles a todos los no selectos para así limpiar la especie y crear una nueva raza humana que lleve al mundo a una era de prosperidad.
Tiene cabeza de león (algunos artistas la representan como de chacal), orejas de burro, patas de cuervo y grandes manos que sostienen una serpiente cada una. Algunos expertos la asocian con el espíritu de los mitos ocultistas vulgarmente llamado Manotas, pues, como se sabe, Lamashtu es la madre de varios monstruos y criaturas antes humanas, que le sirven en sus misiones en el campo corpóreo. Va montada en un burro que tiene los ojos inyectados en sangre y a veces se le pinta amamantando a un perro y a un cerdo.
Lamashtu, en su búsqueda permanente de hijos que pueda criar y educar para la próxima revolución, se le presenta en sueños a las embarazadas y madres recientes. Su accionar resulta misterioso, y es que es un ser de otro plano y no busca o pide las cosas como cualquier persona lo haría; los sueños que induce son confusos, muchas veces atemorizantes, en los que la diosa le pide a las madres que entreguen a sus hijos, o en otras ocasiones las incita a educarlos como ella lo haría, en la medida de lo posible. Igualmente se les presenta a las parejas de ellas, con el objetivo de seducirlos y robar su semen para crear otras criaturas, mas estas tareas suele dejárselas a sus emisarios, conocidos como súcubos e íncubos. La ignorancia y el miedo, así como el oportunismo de la Iglesia, originó la creencia de que la diosa rapta y asesina a mujeres y sus maridos, o que se lleva a los recién nacidos para devorarlos. Nada más lejano a la realidad. Aunque quizá esté un poco justificado ese temor, porque, como ya dijo, sus métodos nos pueden parecer siniestros por estar fuera de nuestro entendimiento. Aparte, trae consigo los vientos y la lluvia para las cosechas, en beneficio o perjuicio, dependiendo su voluntad sobre la vida o muerte de los habitantes del mundo. Es la asesora de los políticos. En una curiosa y aparentemente contradictoria estrategia, los incita a la corrupción y otros vicios para luego castigarlos, pero esto se trata de una prueba para elegir a los aptos para gobernar en el nuevo orden.
Su dualidad masculina lleva el nombre de Pazuzu, el rey de todos los vientos y el guardián de la Puerta. Cabeza de león y cuerpo humano, con las manos apuntando hacia la vida y la muerte, la maldad y el bien, de gran pene en forma de serpiente y enormes alas iguales a las del halcón. Pazuzu es el amo y señor de los íncubos y súcubos, quien guarda el semen que ellos recolectan. Su función principal es el de regresar a sus respectivos planos a los diversos espíritus de cualquier jerarquía que se han rebelado y se han salido de la causa fundamental. Este es un demonio (y se me disculpará que empiece a emplear este término, pero es que en realidad es muy hermoso por sus connotaciones actuales) muy interesante del que me gustaría hablar en otra ocasión.
A Lamashtu, y a su parte masculina, se le puede llamar por medio de un sacrificio, mas el lector no debe pensar que, como difaman los católicos, es necesario matar a un bebé para atraer la atención de la diosa. No. Es suficiente una minúscula cantidad de sangre, ya sea animal o humana, y puede ser la propia, aunque funciona mejor si, efectivamente, es la de un recién nacido, aunque el pequeño no necesita estar siquiera presente en la ceremonia, basta con tomar una gota de su sangre en un papel y ofrecérsela a la diosa. Ella, si el que llama resulta de su agrado, podrá ayudar en los lances amorosos, así como puede fungir de ajustadora de cuentas en casos de infidelidad, y pondrá en las propias manos del seguidor el poder sobre su descendencia. Se le puede pedir el favor de conseguir un puesto político o algún cargo similar, sin embargo, hay que tener cuidado porque desde ese momento te estás sometiendo a una prueba para ver si eres capaz de resistir las tentaciones y convertirte en alguien digno para pertenecer a los escogidos para la nueva era.
Belcebú, igualmente reconocido como Baal, el Señor de las moscas, apodo originalmente peyorativo usado por los hebreos para referirse a este dios ya conocido por los filisteos, quienes practicaban sacrificios humanos y dejaban los cuerpos en los templos, que se llenaban de moscas. Él es el sumo representante del honor y el orgullo, y ayuda a quienes disfrutan de su favor a que se cumplan sus más grandes ambiciones, de cualquier tipo. No obstante, si ese orgullo crece demasiado, se convierte en soberbia y altivez, defectos fuertemente castigados por Belcebú, quien, como también es orgulloso en suma medida, no tolera que nadie trate de igualársele. Él es quien liderará la próxima rebelión, mano a mano con Lucifer, pues es astuto, ingenioso y tiene un hondo odio por ese otro dios quien tuvo la osadía de nombrarse como único.
Luce la corona del Príncipe; de ojos pequeños con cejas enarcadas que representan la introspección, mientras que sus grandes orejas puntiagudas simbolizan el ingenio, la astucia y una actitud siempre alerta. Se dice que es el señor de las moscas, sí, pero en realidad se puede decir que posee cualidades de un arácnido. Y es que las moscas son sus enemigos, sobre todo los representantes de la fe cristiana y los estados que dominan el mundo, que caerán pronto en una enorme telaraña para ser devorados por Belcebú. Mientras tanto, espera sentado en su trono, burlón, sarcástico e irónico al contemplar a esas criaturas que se sienten en la cima del poder, el orgullo y el dinero, y nada de ello valdrá a la hora de comparecer ante el tribunal de los Nueve Imperios, que les arrancarán la piel de los genitales y destrozarán sus cuerpos miembro por miembro sin que la piadosa Muerte se digne a llevarse sus almas.
Como es enemigo declarado del catolicismo, la mayor amenaza al imperio cristiano y el terror de la hegemonía capitalista, utiliza el poder de la llamada cruz satánica o de la confusión, nacida en Egipto, la cuna de la Caída primigenia. Con este símbolo siembra la locura en sus adversarios, inhibiendo su capacidad de raciocinio y provocando pensamientos suicidas; de la misma forma, en el fin de este tiempo, los enemigos se voltearán los unos con los otros y se comerán entre ellos. Por las mismas razones, es la divinidad más solicitada por brujos y hechiceros, aunque Belcebú, burlón y altivo, muchas veces los ignora o acude a ellos con la única intención de engañarlos y degradarlos hasta provocarles la muerte o la alienación completa. Aunque igual es cierto que gusta de acudir a los aquelarres y que sacrifiquen animales o personas en su nombre, al mismo tiempo que reniegan de Jesús y aquél llamado Dios o Jehová. Le gusta la carne humana y observar actos de canibalismo, por lo que su trato puede resultar sumamente peligroso, así como sus favores, aunque difíciles de conseguir, siempre son en extremo generosos. Todos estos puntos deben ser tomados en cuenta por quien sea que quiera llamar su atención, y el mejor consejo que puedo ofrecer a quien ya esté convencido de invocarlo es que lo haga en medio de un aquelarre y con una víctima que sufra en lugar de los asistentes, pues seguramente Belcebú exigirá sangre.
El rito para invocarlo, como los anteriores y posteriores descritos aquí, no lo detallaré ya que no seré yo el responsable de algún mal funcionamiento o sucesos contraproducentes que puedan traerle al practicante (aunque el verdaderamente interesado no tendrá dificultades para encontrar las fórmulas en otro sitio), pero en pos de mi objetivo de dar a conocer un poco de mi fe, doy ciertos aspectos que me parecen interesantes o relevantes de estos ritos.
El brujo o los brujos deben vestir túnicas color oro y usar durante la ceremonia incienso de lavanda. Un caliz ricamente adornado y de preferencia dorado recibirá de cada participante un poco de sangre y semen o flujo vaginal; debe agregarse también la sustancia de la víctima a sacrificar. El simple olor de este brebaje rebajado con vino tinto es suficiente para llamar la atención de Belcebú. Enseguida, con el estado hipersensible que inducirá la mezcla junto al incienso, se debe ofrecer el sacrificio (este paso debe realizarse por medio de un método específico, mas esto lo omitiré por las razones ya dichas). Una vez que la sangre de la víctima escurre por el altar, Belcebú tomará posesión de este cuerpo; con una veladora negra el brujo debe crear una corona con la flama y, sin perder un segundo, hincarse en reverencia. Belcebú, que transformará de maneras grotescas las facciones de su recipiente, entonces dirá la suerte a los hechiceros del aquelarre, concederá diversos favores a quien más le agrade, entre los que incluyen la astucia o poderes de dominación mental. Mas el invocante debe estar preparado, pues Belcebú es caprichoso y a veces gusta de sodomizar a quien le llama.

Hasta aquí dejaré por el momento la descripción de los Nueve Grandes. Creo que me he extendido demasiado y no quisiera aburrir o saturar a mis lectores, por eso me atrevo a pedir que dejen sus comentarios acerca de lo que piensan sobre estos nuevos post; si les llama la atención esta forma de ver el mundo, si creen que tiene sentido, crear tal vez un debate para enriquecer nuestros pensamientos, porque en los Nueve Imperios, aunque creemos firmemente en nuestra doctrina, siempre estamos abiertos a otras filosofías que puedan enriquecer la escuela. Eso nos han enseñado los dioses y ésa es la misión que nos han puesto para servirles. Espero entonces sus comentarios para ver si continúo con esta descripción quizá demasiado exhaustiva de los Grandes Dioses o si paso a otros asuntos.

Bafumet Acene

martes, 16 de agosto de 2016

La culpa del muerto

He decidido redactar los próximos días algunas entradas en respuesta a varias preguntas (y algunos cuestionamientos que, francamente, me parecen ofensivos) planteadas por ustedes, mis lectores, acerca del grado de realidad, veracidad, o como quieran llamarlo, contenida en mis escritos. Es mi intención explicar aquí todo. Se los debo a ustedes, que me han seguido y han creído en mí y en mis letras.
Empezaré por lo más absurdo, que son los cuestionamientos, y hasta una que otra afirmación malintencionada, acerca de que si yo en la vida real he cometido alguna de las atrocidades que describo en mis relatos; a saber: violaciones, estupros, torturas de diversas clases, fetichismos, parafilias y, finalmente, asesinatos. Es un error usual, aunque muchas veces justificado, el identificar al autor con sus personajes, y es un error aún más grave querer hacerlo con las escenas o situaciones que describe. Se trata del gran error que se ha cometido, por ejemplo, con Sade, a quien desde hace siglos se le toma como un depravado, como “el apologista del mal”, de la lujuria criminal y un largo etcétera, cuando, fuera de un par de errores sin importancia cometidos durante su juventud, nunca mostró la actitud despótica, degradante y delictiva con que pinta a sus personajes; muy por el contrario, cualquier estudioso de este revolucionario francés sabe que repudiaba las figuras de sus creaciones, pues representaban una crítica a la clase opresora que lo había encarcelado y que abusaba de todas las formas posibles del pueblo. De igual manera, es inmaduro pensar que porque yo escriba sobre violaciones y asesinatos sea un violador y un asesino, casi como creer que Lovecraft adoraba a dioses extraterrestres o Dunsany visitaba las tierras de los trolls y los duendes. No, nunca he tenido relaciones sexuales sin el consentimiento de la otra persona, así como tampoco he lastimado seriamente a nadie, mucho menos cometido un homicidio con el fin de rendir tributo a alguna divinidad o para satisfacer placeres oscuros. Por lo demás, lo que haga en la intimidad o cómo decida disfrutar mi vida sexual… bueno, eso no le importa a nadie salvo a mí.
Ahora bien, la otra cuestión en la que ha habido mucha insistencia por parte de mi público ha sido acerca de mis creencias personales. Me encontré en un foro, en el cual se discuten temas sobre literatura, un acalorado debate sobre mi obra, donde la gente, en general, trataba de darle un sentido a mi insistencia en hablar sobre un mismo tema en gran parte de mis textos: el Diablo. Asimismo, he recibido no poca cantidad de mensajes por las redes sociales y correo electrónico con una misma pregunta. ¿De verdad soy satánico, o se trata de un símbolo de la maldad humana, una crítica política o simplemente es un mero estilo? Me permitiré extenderme un poco en este punto antes de dar la respuesta a esta duda que invade a mis lectores.
Bien ya dije que es una fatal equivocación identificar al escritor con sus personajes y su obra en general. En la literatura, en la música, prácticamente en toda arte, el creador también se convierte en un personaje. A pesar de que tenemos entrevistas, presentaciones, conferencias, etc., que nos acercan, en este caso, al escritor, nunca podremos conocer a la persona que éste es, a menos que seas su amigo o familiar, y aun en este caso se podría poner a discusión. El autor de carne y hueso es inalcanzable. Por lo tanto, vuelvo a preguntarme de dónde sacan ustedes que comparto las ideologías y que hago míos los temas de los que escribo. No obstante, debo admitir que en este punto acertaron parcialmente, aunque sólo por casualidad. Y es éste el otro motivo por el cual, luego ya de los años transcurridos y de que por fin comuenzo a despegar como un autor reconocido, decidí llenar mi blog con estas entradas explicativas. No soy satánico, mas sí luciferista, pero no se apresuren a emitir un juicio sobre mí, pues el sistema de creencias, incluidas mis prácticas y costumbres, se aleja bastante de lo que la mayoría entiende por satanismo.
Antes de compartirles mi visión del mundo, quisiera revelarles la razón por la que he usado la literatura para hablar de algo tan personal y que, aparentemente, contradice todo lo que he argumentado hasta ahora. Es precisamente por esa ambigüedad y por la polivalencia de la literatura por la que la uso. Ustedes, amigos míos, incluso con esta guía que les estoy regalando, nunca podrán saber por completo lo que es cierto o falso en mis cuentos, novelas y poemas. De igual forma es una manera efectiva, hasta cierto punto, de protegerme gracias a la libertad de expresión y al innegable carácter ficticio de mi obra. Nadie podrá entonces, para silenciarme, acudir a una acusación de apología del crimen, incitación o cualquier tontería legal, y en dado caso de querer actuar tendrían que hacerlo por otros medios más oscuros y, por lo tanto, más convenientes para mí. ¿A qué me refiero exactamente con eso? Prefiero dejarlo a la especulación. Como iba diciendo, tomé por buena la estrategia de usar mi talento literario, mucho o poco, para compartir y predicar mi fe. Si muchos autores mediocres pueden hacer cosas similares o llenarle la cabeza a la gente de estupideces sin sentido, quimeras y estratagemas para convertirlos en marionetas al servicio de los poderosos, ¿por qué no hacerlo yo cuando mis intenciones son más nobles que las de esos tiranos y necios? Y aunque mis lectores no deseen aceptar estas creencias porque ya tienen las suyas o porque sencillamente no les llama la atención mi estilo de vida, todavía podrán disfrutar de mis letras y aprender, reflexionar, experimentar una catarsis con ellas, porque eso es lo bello del arte: no tiene una sola interpretación y puede trascender a su propio creador, así como ha pasado con el hombre y su dios. Sé que muchos de mis fieles seguidores son amantes del cine gore, del terror, de los temas paranormales y ocultistas, así que siempre podrán encontrar material de ese tipo para entretenerse; sin embargo, también el interesado en la política o la filosofía podrá sacar provecho al leer las oraciones impresas en mis libros aunque no por ello se vaya a convertir a mi religión. Ustedes pueden utilizar como mejor les convenga lo que escribo. Es parte de mi fe el respetar la libertad y los derechos de mis semejantes.
Por este día es todo. El fin de semana subiré otra entrada para comenzar a exponer en qué consiste pertenecer a mi culto. Me retiro, no sin antes declarar que no es mi intención ofender ni provocar a nadie, pero si estas publicaciones lo hicieran, también debo decir que, en dado caso, será por el estrecho criterio del ofendido. Buenas noches.

Bafumet Acene